- Hola, Mamá. ¿Cómo estás?...No sabes lo que me ha pasado. Todavía no lo puedo creer. ¿Te acuerdas de ese trabajo al que postulé y estuve más de una semana en test, entrevistas y exámenes médicos?
- Si hija, algo me acuerdo. Pero de eso hará más de un mes, ¿no?
- Cinco semanas, para ser exactos. Dijeron que avisarían a quienes siguieran en carrera. Ya había perdido la esperanza, pero anteayer llamaron al celular y me citaron a una entrevista para hoy, a primera hora.
- ¿Y?
- Fui. La entrevista resultó que no era para quienes siguieran en carrera. Era solamente a mi. Yo era la elegida.
- Que bueno, hija. Que maravilloso...
- Si. Y me estaban ofreciendo el trabajo al que postulé. Dijeron que habían visto los antecedentes personales, los estudios, los resultados de los test...
- ¿Viste, hija? El esfuerzo del estudio está dando sus frutos. Todo lo que te sacrificaste sacando el título y después el magíster...Cuanto estudiaste...
- Si, y entonces me ofrecieron ir a trabajar con ellos.
- ¿Y tú que los dijiste?
- Que ya estaba trabajando. Que donde estaba me sentía bien. Que estoy muy considerada dentro de los planes de la oficina y que tenía reales posibilidades de realizar una carrera profesional...
- ¿Eso dijiste? Es como para que te hubieran despedido ahí mismo...
- Lo pensé apenas terminé de decirlo y sentí miedo. Pero, curiosamente, ni se inmutaron. Dijeron que se trataba de una empresa multinacional, con agencias en más de 45 países...
- O sea, son grandes...
- Y espérate..., me dijeron que trabajando con ellos, a partir del tercer año, podía contar con participaciones en los resultados del negocio. O comprar acciones de la Compañía. Que podían ayudar a financiar un doctorado, si tenía atingencia con el trabajo que desarrollaría...
- Pero, y en definitiva, ¿que te ofrecieron?¿Vas a trabajar con ellos?
- Para allá voy...el puesto es una supervisión a todas las sucursales que existen en el país. O sea, mucho viaje. Me reportan todos los gerentes regionales y reporto al directorio. Una tremenda responsabilidad, al más alto nivel. ¿Qué te parece?
- ¿Qué puedo decirte, hija? Me voy a poner a llorar. Ya me cuesta hablar...
- Mamá. No es para tanto. Se trata sólo de un trabajo...Dijeron que el horario es de ocho treinta a diecisiete horas, de lunes a viernes. El sueldo no lo precisamos en detalle, pero calculo entre dos coma cinco y tres veces mi sueldo actual.
- Qué fantástico, hija. Con esa cantidad podrás a corto plazo optar por comprar un buen departamento o una casa.
- Así es, ya hablé con Mike y este fin de semana iremos a mirar departamentos en Manhattan. Son un poco caros, pero él quedará cerca del hospital y yo de mi oficina...
- Y también un auto nuevo y...
- Sí, pero prefiero tomarlo con calma. Todavía estoy shockeada y no logro poner muy en orden la cabeza. Calculo que demoraré un par de días en tranquilizarme y asumir esto en su totalidad...
- Sin duda y no creo que haya mucha prisa al respecto. ¿Cuándo empiezas?
- Bueno..., ellos querían que mañana mismo. Pero, les dije que no podía. Que el puesto que hoy ocupo es de mucha responsabilidad para mandarme a cambiar de un momento a otro. Que lo consideraba poco ético y no deseaba dejar puertas cerradas detrás de mí.
- ¿Y aceptaron?
- Me encontraron toda la razón. Que les dijera cuando podía comenzar. Planteé seguir en el actual trabajo hasta el viernes de la próxima semana, de manera de dar tiempo a buscar un reemplazante y el lunes siguiente estaba trabajando con ellos.
- El viernes de la próxima semana... lunes siguiente... o sea, estamos hablando de...
- Tengo que presentarme a las ocho treinta de la mañana del lunes 10 de septiembre...
- Exacto, ¿y donde queda la oficina?
- En el piso ochenta y tanto de una de las Torres Gemelas.
- Que maravilloso, hija. Se lo contaré a tu padre. No te imaginas lo contento y orgulloso que va a estar... Te apuesto que se lo cuenta a todos sus amigos...
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martes, 8 de junio de 2010
lunes, 25 de enero de 2010
Todo un choque...
Figuraba yo detenido en una luz roja de Apoquindo, una primaveral tarde, poco antes que oscureciera.
Sin previo aviso, gran estruendo de choque de latas, vidrios rotos, una violenta sacudida, las cosas sobre los asientos caen al suelo y mi cabeza baila sobre el cuello. Seguido todo de gran silencio.
Claro, hice lo que habría hecho cualquiera. Bajé medio shockeado, a evaluar daños y discutir con el otro conductor. Focos rotos, tapabarro trasero derecho abollado (debe haber rebotado en el neumático, me digo), maleta descuadrada. Afortunadamente, el vidrio trasero y los laterales resistieron el impacto.
Doy vuelta hacia el otro auto. Al instante, se abre la puerta del conductor y se baja...se baja...se baja...
¿Cómo se los explico?
Coincidamos en lo siguiente: cuando uno descubre que las mujeres no son solo esos seres parlanchines y bulliciosos que visitan la casa para tomar once con la hermana, empieza a soñar con la niña ideal de su vida. La modela, le hace ajustes y, sobretodo, sueña con ella. La hace objeto de todos sus anhelos, ambiciones, expectativas. En la Universidad, gracias al mayor contacto con nuestras compañeras ampliamos el horizonte femenino y adquirimos más experiencia Así, el ideal adquiere características que antes ni siquiera imaginábamos. Rasgos, formas, conductas, tamaños, textura. Sólo queda rogar al Cielo que exista y encontrarla...
Bueno..., justamente ella bajó del otro automóvil.
Quedé embobado. No puede ser, existe..., Dios mío, existe...
Se acercó. Miró los daños de ambos vehículos y dijo que no me preocupara, que tenía seguro...Se movía con desplante, manejaba la situación. El pelo caía sobre los hombros. La cara parecía hecha para destacar esos ojos maravillosos, la nariz apenas respingada y esa sonrisa que me dio ánimos para levantarme, imaginándola, e ir a clases tantas, tantas mañanas...
Me costaba respirar. No pestañeaba. El corazón latía entre el cuello y los tobillos. ¿Articular palabra? . De adonde...
Calló... Imagino, esperando una respuesta mía. Pero era imposible...Sólo la miraba.
De improviso, llevó ambas manos a la cara y empezó a sollozar...Que va a decir el papá...(Soltera, creo que pensé), me va a retar... Seguía mirándola...
A poco, el llanto terminó. Se plantó frente a mí, La mirada me atravesó el cerebro, más allá de la nuca. Era unos 10 centímetros más baja. La cara mostraba la huella de las lágrimas. Sus brazos en jarra destacaban los hombros desnudos, que hubiera besado ahí mismo, la cintura y la curva de las caderas. La minifalda, sobre las rodillas, hacían ver piernas firmes y bien torneadas.
A esa altura, no podía cerrar mi boca, hilvanar un pensamiento, mirar hacia otro lado. No podía sacar los ojos de ella. Estupefacto, era incapaz de reacción alguna. Increíble. Cuantas noches me dormí pensando en ella. Imaginaba su cara como protagonista de algún libro o película. Deseaba su compañía en las puestas de sol en el mar, durante los veraneos o cuando escuchaba alguna canción romántica.
Ahora la tenía al frente, a escasos centímetros... Y estaba paralizado.
Frunció el ceño y empezó a hablar fuerte, casi gritando. Los hombres creíamos que manejaban mal, que yo pensaba echarle toda la culpa, que no iba a aguantarlo y, ¿sabís que más?, chao...
Dio, furiosa, media vuelta. El ruedo de su minifalda abofeteó mi cara. Subió al auto, cerró con un portazo, giró las ruedas y, rauda, salió por la otra pista. Dobló en la primera bocacalle que encontró y dejé de verla.
Las bocinas y gritos de los automóviles atascados por el mío, hicieron que volviera a la realidad. Subí al vehículo y partí a casa. No les cuento la sonajera que llevaba.
Evitaré entrar en detalle que pasó con mi familia. Sobretodo que en la emoción, no pregunté nombre, no anoté la patente, ni siquiera me fijé en la marca. Solo recuerdo que era de tamaño mediano y tal vez negro o azul.
Han pasado más de dos meses...Durante todo este tiempo, gracias a que mi mamá aceptó quedar de peatón, he manejado mirando a cuanto automóvil de tamaño mediano, negro o azul, pasa cerca. Me detengo en todos los estacionamientos públicos, en los malls, en la Universidad. Incluso, todos los días, media hora antes de la hora del choque, me paro en la misma esquina hasta que oscurece. Buscándola.
Mis amigos se ríen desembozadamente. Dicen que es puro cuento, que lo soñé. Y he llegado a pensar que efectivamente lo soñé, que no es cierto. Pero cuando recuerdo los comentarios de mi papá por la facturita que le pasó el garage, queda clarísimo que ella existe...
Sin previo aviso, gran estruendo de choque de latas, vidrios rotos, una violenta sacudida, las cosas sobre los asientos caen al suelo y mi cabeza baila sobre el cuello. Seguido todo de gran silencio.
Claro, hice lo que habría hecho cualquiera. Bajé medio shockeado, a evaluar daños y discutir con el otro conductor. Focos rotos, tapabarro trasero derecho abollado (debe haber rebotado en el neumático, me digo), maleta descuadrada. Afortunadamente, el vidrio trasero y los laterales resistieron el impacto.
Doy vuelta hacia el otro auto. Al instante, se abre la puerta del conductor y se baja...se baja...se baja...
¿Cómo se los explico?
Coincidamos en lo siguiente: cuando uno descubre que las mujeres no son solo esos seres parlanchines y bulliciosos que visitan la casa para tomar once con la hermana, empieza a soñar con la niña ideal de su vida. La modela, le hace ajustes y, sobretodo, sueña con ella. La hace objeto de todos sus anhelos, ambiciones, expectativas. En la Universidad, gracias al mayor contacto con nuestras compañeras ampliamos el horizonte femenino y adquirimos más experiencia Así, el ideal adquiere características que antes ni siquiera imaginábamos. Rasgos, formas, conductas, tamaños, textura. Sólo queda rogar al Cielo que exista y encontrarla...
Bueno..., justamente ella bajó del otro automóvil.
Quedé embobado. No puede ser, existe..., Dios mío, existe...
Se acercó. Miró los daños de ambos vehículos y dijo que no me preocupara, que tenía seguro...Se movía con desplante, manejaba la situación. El pelo caía sobre los hombros. La cara parecía hecha para destacar esos ojos maravillosos, la nariz apenas respingada y esa sonrisa que me dio ánimos para levantarme, imaginándola, e ir a clases tantas, tantas mañanas...
Me costaba respirar. No pestañeaba. El corazón latía entre el cuello y los tobillos. ¿Articular palabra? . De adonde...
Calló... Imagino, esperando una respuesta mía. Pero era imposible...Sólo la miraba.
De improviso, llevó ambas manos a la cara y empezó a sollozar...Que va a decir el papá...(Soltera, creo que pensé), me va a retar... Seguía mirándola...
A poco, el llanto terminó. Se plantó frente a mí, La mirada me atravesó el cerebro, más allá de la nuca. Era unos 10 centímetros más baja. La cara mostraba la huella de las lágrimas. Sus brazos en jarra destacaban los hombros desnudos, que hubiera besado ahí mismo, la cintura y la curva de las caderas. La minifalda, sobre las rodillas, hacían ver piernas firmes y bien torneadas.
A esa altura, no podía cerrar mi boca, hilvanar un pensamiento, mirar hacia otro lado. No podía sacar los ojos de ella. Estupefacto, era incapaz de reacción alguna. Increíble. Cuantas noches me dormí pensando en ella. Imaginaba su cara como protagonista de algún libro o película. Deseaba su compañía en las puestas de sol en el mar, durante los veraneos o cuando escuchaba alguna canción romántica.
Ahora la tenía al frente, a escasos centímetros... Y estaba paralizado.
Frunció el ceño y empezó a hablar fuerte, casi gritando. Los hombres creíamos que manejaban mal, que yo pensaba echarle toda la culpa, que no iba a aguantarlo y, ¿sabís que más?, chao...
Dio, furiosa, media vuelta. El ruedo de su minifalda abofeteó mi cara. Subió al auto, cerró con un portazo, giró las ruedas y, rauda, salió por la otra pista. Dobló en la primera bocacalle que encontró y dejé de verla.
Las bocinas y gritos de los automóviles atascados por el mío, hicieron que volviera a la realidad. Subí al vehículo y partí a casa. No les cuento la sonajera que llevaba.
Evitaré entrar en detalle que pasó con mi familia. Sobretodo que en la emoción, no pregunté nombre, no anoté la patente, ni siquiera me fijé en la marca. Solo recuerdo que era de tamaño mediano y tal vez negro o azul.
Han pasado más de dos meses...Durante todo este tiempo, gracias a que mi mamá aceptó quedar de peatón, he manejado mirando a cuanto automóvil de tamaño mediano, negro o azul, pasa cerca. Me detengo en todos los estacionamientos públicos, en los malls, en la Universidad. Incluso, todos los días, media hora antes de la hora del choque, me paro en la misma esquina hasta que oscurece. Buscándola.
Mis amigos se ríen desembozadamente. Dicen que es puro cuento, que lo soñé. Y he llegado a pensar que efectivamente lo soñé, que no es cierto. Pero cuando recuerdo los comentarios de mi papá por la facturita que le pasó el garage, queda clarísimo que ella existe...
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